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Mostrando las entradas de octubre, 2025

Un dolor fingido (última, volvemos despues de vacaciones)

 Durante todo mi primer curso interno en el colegio de Saint Peters no me abandonó la morriña o nostalgia de mi casa. Por eso, a principios del curso tramé un ardid para que me enviaran a casa, aunque tan solo fuera por unos días. Mi idea consistía en simular un ataque fulminante de apendicitis. Cuando llamé a la puerta color castaño, ni siquiera sentía el terror que la celadora solía inspirarme. –¡Adelante! –tronó su voz. Entré agarrándome con las manos la parte derecha del vientre y tambaleándome. –¿Qué te ocurre? –gritó la celadora. –Me duele, señora celadora –gemí–. ¡Me duele muchísimo! ¡Aquí, aquí! –¡Has zampado demasiado! –ladró ella–. Cómo quieres que no te duela si estás todo el santo día comiendo bizcocho con pasas. –Ya hace días que no como –mentí–. ¡No puedo comer, señora celadora! ¡No tengo ganas! –Échate en la cama y bájate los pantalones. Me tendí en la cama y se puso a palparme violentamente la barriga. Yo la observaba con atención y, cuando tocó donde me figuraba qu...

La leyenda de «San Esteban»

 Un 26 de diciembre, festividad de San Esteban, los habitantes de la isla de Houat divisaron un barco que navegaba a la deriva. Sobre el puente de la nave había un hombre con el rostro cubierto por un antifaz rojo. La corriente arrastraba el barco hacia la costa y, sin embargo, el hombre del antifaz no hizo ademán de pedir ayuda. Cuando la nave estaba próxima a los arrecifes, sobrevino una ola gigantesca que cogió de través a la misteriosa nave y la dejó escorada. El hombre del antifaz rojo se mantuvo en su puesto, mientras la carga que había en cubierta desaparecía bajo las aguas. Poco después, el viento cambió de dirección y el barco comenzó a alejarse mar adentro, mostrando la popa a los isleños. Aquellos que tenían buenos ojos pudieron distinguir entonces el nombre del barco grabado en el alcázar: San Esteban. El hombre del antifaz rojo cogió un megáfono y lo apuntó hacia la isla. Por encima del ruido del huracán, del ulular del viento y del fragor de las olas, se oyeron claram...

El código secreto

 ¿Os habéis fijado en que, cuando uno quiere hablar con los compañeros en clase, es muy difícil y os molestan siempre? Claro, podéis hablar con el compañero que está sentado a vuestro lado; pero, aunque tratéis de hablar muy bajo, la maestra os oye y os dice: «Como tiene tantas ganas de hablar, venga al encerado; ¡ya veremos si es igual de charlatán!». También se pueden mandar trozos de papel donde se escribe lo que se tiene ganas de decir; pero también entonces, casi siempre, la maestra ve pasar el papel y hay que llevárselo a su mesa, y como lo que hay escrito es «Rufo es idiota, pásalo» o «Eudes es feo, pásalo», la maestra os deja castigados sin salir. Por eso esta mañana, en el primer recreo, nos pareció formidable la idea de Godofredo: –He inventado un código sensacional –nos dijo Godofredo–. Es un código secreto que solo entenderemos nosotros, los de la pandilla. Y nos lo enseñó. Para cada letra se hace un gesto. Por ejemplo, el dedo en la nariz es la letra ‘a’; el dedo en el...

Una gran hazaña

 Corría el año 1926. Hasta entonces ningún aviador había logrado atravesar con su avión el océano Atlántico en un vuelo sin escalas. El mecenas Osteig había instituido un premio de 25.000 dólares para el primer piloto que consiguiera enlazar América y Europa en un vuelo directo. Mientras pilotaba su pequeño avión correo entre las ciudades estadounidenses de San Luis y Nueva York, el joven Charles Lindbergh maduró la idea de intentar la hazaña: «He de conseguir un avión apropiado y cruzar el Atlántico», pensaba. Lindbergh puso en marcha su plan de acción. Logró que un grupo de hombres de negocios de San Luis le prestasen 10.000 dólares, y con este dinero compró un pequeño avión monoplaza al que bautizó Spirit of Saint Louis (Espíritu de San Luis). Sobre su pequeño aparato monoplano de un solo motor, Lindbergh hizo instalar un gran depósito capaz de contener 2.000 litros de combustible. Este depósito, situado frente al asiento del piloto para mantener la estabilidad de la nave, le im...

Historia de la torre maravillosa

 El sol de la mañana brillaba sobre las torres de Toledo, cuando don Rodrigo, el último rey godo, salió fuera de la ciudad seguido por numerosos cortesanos y caballeros. La comitiva serpenteó por las vueltas del camino hasta divisar una singular torre cilíndrica, de gran altura y magnificencia, construida sobre una enorme roca. Don Rodrigo y sus cortesanos llegaron al pie de la torre, cuya entrada estaba cerrada por una maciza puerta de hierro. El rey se aproximó al portal y ordenó a los viejos guardianes abrir la puerta. Los ancianos retrocedieron espantados. –¡Ay, Majestad! –exclamaron–. ¿Deseáis acaso soltar los duendes de esta torre para que sacudan la Tierra hasta sus cimientos? –Pase lo que pase, estoy resuelto a descubrir el misterio de esta torre. Quitad esos cerrojos. Los ancianos, aterrorizados, obedecieron. Pero antes de que el último cerrojo cediera del todo, recomendaron de nuevo al rey que reflexionara: –Cualquier cosa que esté en la torre es aún inofensiva y yace ata...

El fin del invierno

 En tiempos remotos, siempre era invierno en el país de los indios Wabanaki. Las noches eran gélidas, los días nublados, hacía mucho viento y apenas se veía un rayo de sol. No dejaba de nevar ni un momento y la nieve impedía que los indios pudieran llegar hasta los territorios donde cazaban. El Gran Jefe Gluskap, consciente de que su pueblo moriría si persistía el frío, partió a la búsqueda del rey Invierno o Rey de los Hielos. En lo más recóndito del bosque, Gluskap halló la tienda de Invierno. El Rey de los Hielos vestía un abrigo de escarcha con carámbanos que hacían de flecos. –¡Invierno, canalla! –le gritó–. ¡Aparta tu mano de mi pueblo o yo mismo me encargaré de ti! –Entra en mi tienda y hablaremos de ese asunto –le contestó, soltando una carcajada. Gluskap ocupó el lugar reservado a los huéspedes de honor. Entonces, Invierno le pasó una pipa y empezó a contar relatos. Pero mientras contaba sus maravillosos relatos, sus criados Adormecimiento y Congelación hechizaron a Gluska...

El origen del día y la noche

 En las lejanas y mágicas tierras del Perú, habita la tribu de los chamas. Al igual que otros pueblos primitivos, los chamas tienen antiguas y maravillosas leyendas para explicar los fenómenos de la naturaleza y la razón del universo. Una de esas leyendas explica el origen del día y de la noche. Según los chamas, el dios Habi tuvo dos hijos: Bari, dios del Sol, y Use, diosa de la Luna. Bari era un joven fuerte, de rubios cabellos rizados y piel dorada como la miel. Era alegre y alborotador y poseía una desbordante vitalidad. Siempre andaba inventando travesuras y disfrutaba como un niño haciendo rabiar a su hermana. Por el contrario, Use era una muchacha frágil, lánguida, de una extraordinaria palidez, y bella y delicada como una hermosa rosa blanca. Un caluroso día de verano, la bella Use fue a bañarse a un lago de aguas tranquilas y transparentes. Al atardecer, la diosa blanca se sentó a la orilla del lago y se entretuvo contemplando la divina imagen de su rostro que reflejaban l...

Las hadas de la música

 Andaban las hadas de la música por las calles de Villaviciosa de Odón, de un lado para otro, sin saber dónde meterse. Las guiaba el hada Sol-Mayor, que estaba un poco desorientada. De pronto un hada gritó: –¡Mirad, mirad! Por la calle de las Carretas venía Ricardo el Cojo con su guitarra. Iba por el centro de la calle, rechoncho y calvo, colgado de sus muletas, con las piernecitas encogidas y la guitarra sujeta con una mano. Ricardo pasó junto a la fuente, por la sombra de las acacias, haciendo dos surcos en el polvo con sus alpargatas. Y en ese momento las hadas dieron un salto y se metieron dentro de su guitarra, una guitarra con incrustaciones de nácar en las clavijas y la caja rayada y astillada de tanto rasguear. Ricardo el Cojo no advirtió nada y siguió avanzando como si remara, por un callejón, entre casas encaladas. Luego cruzó una calle ancha y entró en el patio de una casa. Una vez allí le sacaron una sillita baja. Al momento salió una señorita y se sentó junto a Ricardo...

Ruidos y gorjeos

 Hace siglos, cuando aún no existían los festivales de la canción, se celebraban como hoy festejos musicales. La costumbre de reunirse en un local cerrado para producir ruidos más o menos agradables comenzó a practicarla el género humano en los albores de la civilización. En la Edad de Piedra, sin ir más lejos, se celebró el Primer Festival de los Imitadores de Pájaros. La crónica de este suceso, publicada en la pared de una cueva por un periodista de la época, cuenta que el festival tuvo lugar en el poblado de Glup, que se alzaba en la costa mediterránea muy cerca del lugar que hoy ocupa Benidorm. La crónica sigue contando que al anfiteatro de Glup acudieron representantes de muchos países. Y el maestro de ceremonias, ataviado con piel de gala y garrote de respeto, inauguró el festival con estos versos: Cuando los pájaros cantan se alegra el corazón mío. Otorguemos un gran premio al que imite el pío-pío. Tosca cuarteta, en efecto, pero conmovedora si tenemos en cuenta que la poesí...

El gorro de cascabeles

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ESCENA PRIMERA (Sala de palacio.) REY. ¡Ay, ay, ay! CANCILLER. ¿Qué os pasa, señor? REY. Estoy triste. CANCILLER. Pues no tenéis motivos para estarlo. Sois el mejor rey del mejor país del mundo, habitado por la gente mejor y más feliz. REY. ¡Ay, ay! Sois un mentiroso. Por eso estoy triste. Todos me engañan. Yo quisiera saber siempre la verdad, pero todos me dicen mentiras. ¡Ay, ay! CANCILLER. Bien, señor, no sigáis triste. A partir de ahora, solo os diremos la verdad. REY. Y si os calláis, canciller, el cargo os durará poco. No quiero cancilleres mentirosos. Decidle al maestro de música que pase. CANCILLER. Maestro, podéis pasar. MAESTRO. (Hace una reverencia.) ¡Señor! REY. El canto es mi debilidad. El canto y la poesía. (Con modestia.) Los versos de esta canción son míos. No sé si dar un recital. MAESTRO. (Adulador.) Señor, sería una ofensa para vuestros súbditos no lucir vuestras cualidades. REY. (Orgulloso.) Me halagáis, maestro. Venga, a trabajar, empecemos. (Muy grotesco, pues no ...

Moritz pinta un monigote

 El pequeño Moritz está sentado a la mesa del cuarto de estar y no sabe qué hacer. –Pinta algo –le propone su madre. Moritz pinta un monigote. Su madre lo encuentra aburrido, pero a Moritz le gusta. Por eso, le pinta un bocadillo en el que pone: «No soy aburrido. Y además soy especialmente guapo». «Sería mejor si pudiera estar vivo de verdad», piensa Moritz. Pero no solo lo piensa, sino que lo desea con todas sus fuerzas, y al hacerlo, murmura: –Tiene que estar vivo. De pronto, oye un ruido que viene del dibujo. Suena como la tos de un monigote. Y como el monigote tose, Moritz le pinta una bufanda. –¿Hay algo que no esté bien? ¿Por qué no haces más que toser? ¿Por qué no hablas? Los dos puntos de los ojos le miran llenos de reproche. Y la raya de una mano señala a la raya de la boca. 0, mejor, a donde debería estar la boca. –Lo siento –se disculpa–. Es demasiado pequeña. Ahora mismo te pinto una boca como es debido. Al momento pinta una boca muy grande y de vivo trazo. –Por fin pue...

Sombras y colores

 Fuego la cabra y Flim el ganso dormían sobre un banco de arena blanca, que se extendía hasta la orilla del Gran Lago de las Olas Retumbantes. Y por encima del banco de arena y de las olas retumbantes, había una sala muy alta donde los hombres de niebla hacían sus dibujos. Y por encima de la sala alta donde los hombres de niebla hacían sus dibujos, estaban las estrellas. Fuego la cabra y Flim el ganso se acostaron y se durmieron. Y mientras dormían, los hombres de niebla dibujaban. Grises, azules, con un poco de oro y con algo de plata, así eran los dibujos que hacían los hombres de niebla. Cuando Fuego y Flim se despertaron, se quedaron mirando. Muy a lo lejos, por donde el Sol salía, se veían personas y animales, todos negros o de un color tan oscuro que casi era negro. Había un caballo grande con la boca abierta, las orejas estiradas hacia atrás y las patas delanteras arqueadas como hoces de segar. Había un camello con dos jorobas, que se movía lentamente y con mucha parsimonia....

La fundación de Roma

 Cuenta una leyenda romana que, en tiempos remotos, vivieron dos hermanos gemelos, llamados Rómulo y Remo. Nada más nacer, los dos hermanos fueron depositados en una cesta y abandonados en las aguas del río Tíber. Pero aquel día, se desencadenó una gran tormenta y el río Tíber se desbordó. La canasta fue arrastrada por las aguas hasta quedar detenida al pie de una higuera. Atraída por los llantos de los dos hermanos, una loba descubrió la canasta. La loba se compadeció y alimentó a los niños, amamantándolos como si fueran sus propios cachorros. Finalmente, un pastor que cuidaba de sus ovejas encontró a los dos hermanos, los recogió, los llevó a su casa y los crió junto a sus hijos. Cuando los dos hermanos fueron mayores, Remo fue apresado por los soldados del rey. El pastor llamó entonces a Rómulo y le hizo una gran revelación: –Rómulo –le dijo–, has de saber que yo no soy tu padre. Tú y tu hermano sois nietos de Numitor, el verdadero rey de estas tierras. El hombre que ocupa el tr...

Mi abuelo está enfermo

 Hoy es mi cumpleaños y luce el sol. Durante dos semanas ha llovido sin parar, pero hoy, justamente hoy, el cielo es de un azul resplandeciente. Por fin he conseguido mi bicicleta. Nuevecita, a estrenar. Y cinco libros. Y un elegante traje azul marino. Tan excitado estoy que no me acuerdo de darle los buenos días al abuelo. –¡Figúrate! –le digo a Ferdi–. Me he olvidado por completo del abuelo. A Ferdi no le parece tan dramático. A mí, sin embargo, me remuerde la conciencia y me siento malvado. Seguro que el abuelo deseaba felicitarme por mi cumpleaños. De regreso a casa, le compro al abuelo unas flores con todo el dinero de que dispongo. Pero cuando me encamino a la habitación del abuelo, mi hermana me dice que el abuelo duerme todavía. Parece que mamá ha llamado al médico en plena noche porque el abuelo se quejaba de unos dolores espantosos. Nadie me lo ha dicho, por ser mi cumpleaños. El abuelo no se despierta hasta las cuatro de la tarde. –¡Hola, Michi! ¿Qué tal está mi niño el ...

Hambre y guerra

 He bajado al jardín en esta plomiza mañana. Un viejo jardinero cava lo que hasta ahora fue pradera verde, para sembrar habas. Sentada al borde del estanque, me dejo calentar por este dulce sol de invierno y aspiro la frescura de la tierra removida. El constante tiroteo del frente y el bombardeo de la ciudad se han hecho tan habituales que apenas se les da importancia. Solo la llegada de los aeroplanos inquieta aún. –¡Hermoso día, señorita! –Hermoso, es verdad. –Ya se huele la primavera… ¡Si no tuviera uno tantas desgracias encima…! Pregunto por Juan, el jardinero que venía en los primeros tiempos. –Lo movilizaron… y me creo que lo han hecho sargento… ¡Era un chico muy majo…! Ojalá tenga suerte… El viejo suspira y vuelve a cavar. ¡Qué perfume a paz sale de la tierra…! Guadalupe viene a advertirme que se va a la tienda, porque es día de racionamiento. Lleva la cartilla y la bolsa de hule con botellas… no sea que den aceite, o vino, o vinagre. El otro día, por no llevar botellas, nos...

Un negocio ruinoso

No hace mucho tiempo, vivía en Tánger un humilde zapatero remendón que tenía un canario. Un día, mientras estaba remendando zapatos, un viejo peregrino oyó el canto del pájaro y quedó fascinado. Se quedó más de una hora mirándolo fijamente, con los ojos y la boca muy abiertos, y luego empezó a suplicar al zapatero que se lo vendiese, cosa que este no estaba dispuesto a hacer porque tenía cariño al pájaro. Pero el peregrino insistió tanto que, al final, el zapatero aceptó vendérselo por veinte monedas. El peregrino era pobre, y veinte monedas era un precio muy elevado para un canario; pero, aun así, reunió el dinero, compró el pájaro y se marchó. Pasaron tres días, y el peregrino volvió con el canario. –Devuélveme mis monedas y toma tu pájaro. El zapatero se enfadó mucho al oír aquello. –Yo no quería vendértelo. Fuiste tú quien insistió en comprarlo. Y ahora vienes a molestarme otra vez. ¿Qué derecho tienes a hacer eso? –El pájaro no canta –le respondió el peregrino–. Desde que me lo ll...

El alud de tierra

                                                      Había una vez ocho topos que vivían en un prado entre montañas. Habían horadado todo el prado con sus túneles y cada par de metros se elevaba una topera. Revolver y cavar la tierra por todas partes significaba todo para ellos. ¡Y eran verdaderos maestros en hacer cuevas! Cada topo poseía una parte determinada del prado y había construido una artística y confortable cuevavivienda. Todos llevaban una vida placentera y hermosa, hasta aquel día de primavera en que la gran desgracia cayó sobre ellos. Era la época del deshielo. El cálido sol había derretido ya la nieve del valle y convertía en agua la nieve de las montañas. El agua se filtraba en la tierra y dejaba el suelo mullido y lodoso. Los ocho topos se habían recogido en sus cuevas más profundas, donde la tierra aún estaba seca. Cuando el topo Benni ...