La leyenda de «San Esteban»

 Un 26 de diciembre, festividad de San Esteban, los habitantes de la isla de Houat divisaron un barco que navegaba a la deriva. Sobre el puente de la nave había un hombre con el rostro cubierto por un antifaz rojo. La corriente arrastraba el barco hacia la costa y, sin embargo, el hombre del antifaz no hizo ademán de pedir ayuda. Cuando la nave estaba próxima a los arrecifes, sobrevino una ola gigantesca que cogió de través a la misteriosa nave y la dejó escorada. El hombre del antifaz rojo se mantuvo en su puesto, mientras la carga que había en cubierta desaparecía bajo las aguas. Poco después, el viento cambió de dirección y el barco comenzó a alejarse mar adentro, mostrando la popa a los isleños. Aquellos que tenían buenos ojos pudieron distinguir entonces el nombre del barco grabado en el alcázar: San Esteban. El hombre del antifaz rojo cogió un megáfono y lo apuntó hacia la isla. Por encima del ruido del huracán, del ulular del viento y del fragor de las olas, se oyeron claramente estas palabras: –Lo que ha caído al mar me pertenece. Volveré a buscarlo la próxima noche de San Esteban. Y el barco desapareció sumiéndose en las tinieblas y la tempestad. Al día siguiente decayó el viento y el mar recobró la calma. Todos los isleños aprovecharon la bajada de la marea para precipitarse hacia las rocas. Allí encontraron gran cantidad de cajas y barriles procedentes del San Esteban. Fue un buen botín. Cajas y barriles contenían bandejas, jarros, cubiertos, copas, tazas, soperas, todo de plata maciza. Transcurrió el año igual que los demás años, y nadie fue más o menos feliz por guardar en la alacena una sopera de plata o tener en el arcón una copa labrada. Al fin llegó la Navidad, vigilia de San Esteban. Hacía ya tiempo que los timoratos se echaban a temblar bajo el recuerdo de la misteriosa nave, y ahora eran los más valientes quienes sentían miedo. Finalmente, todos decidieron visitar al párroco para preguntarle qué hacer con los bienes procedentes del San Esteban. Quizá el capitán del antifaz rojo fuera el diablo en persona. Tras un rato de reflexión, el párroco opinó que lo más sensato sería que, durante la noche de San Esteban, cada uno dejara en el umbral de su casa toda la plata que hubiese cogido. Así, si volvía el capitán, podría recobrar sus bienes. Los isleños no parecían muy convencidos de que ese consejo resultase eficaz. Cada uno esperaba a ver si el vecino se decidía a seguirlo, pero por su parte también el vecino esperaba. Así que nadie sacó ningún objeto. Sin embargo, al caer la noche, un chico que deambulaba entre los escollos llegó asustado diciendo que por el mar se acercaba un barco muy grande y muy negro… Cundió el pánico. Los isleños se apresuraron a seguir el consejo del párroco. Depositaron fuera su parte del botín, atrancaron puertas y ventanas, apagaron las luces y llenos de ansiedad se dispusieron a esperar lo que pudiera ocurrir. A la mañana siguiente todo seguía en su sitio. Pero algunos afirmaron que a medianoche habían visto desembarcar al capitán del antifaz rojo. Decían que había entrado en la aldea y que había pasado por delante de cada casa para ver si faltaba alguno de sus objetos de plata. La tradición arraigó y cada año, durante la noche de San Esteban, los habitantes de la isla de Houat depositan sus objetos de plata en el umbral de su casa para que el capitán del antifaz rojo pueda venir a contarlos.



 CH. QUINEL y A. DE MONTGON Leyendas del mar y de los marinos (Adaptación)

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