El alud de tierra
Había una vez ocho topos que vivían en un prado entre montañas. Habían horadado todo el prado con sus túneles y cada par de metros se elevaba una topera. Revolver y cavar la tierra por todas partes significaba todo para ellos. ¡Y eran verdaderos maestros en hacer cuevas! Cada topo poseía una parte determinada del prado y había construido una artística y confortable cuevavivienda. Todos llevaban una vida placentera y hermosa, hasta aquel día de primavera en que la gran desgracia cayó sobre ellos. Era la época del deshielo. El cálido sol había derretido ya la nieve del valle y convertía en agua la nieve de las montañas. El agua se filtraba en la tierra y dejaba el suelo mullido y lodoso. Los ocho topos se habían recogido en sus cuevas más profundas, donde la tierra aún estaba seca. Cuando el topo Benni despertó, sintió una extraña inquietud que no podía explicarse. «Ay», pensó Benni. «Seguro que hoy es uno de esos días en los que todo sale mal y es mejor quedarse en la cama.» Benni salió malhumorado de su dormitorio y se deslizó hasta donde vivía su vecino Jeppe. –¡Un saludo, Jeppe! –dijo Benni–. Esta mañana no me encuentro nada bien. Creo que tengo dolor de cabeza o un resfriado o algo parecido. –Qué extraño –repuso Jeppe–. A mí me ocurre exactamente lo mismo. Me siento muy intranquilo, como si algo malo fuera a ocurrir. A continuación llegaron los demás topos. –¡Hola! –dijeron–. ¿Os sentís tan mal como nosotros? Estuvieron intentando averiguar la causa de su malestar, pero no tuvieron éxito. De cualquier forma, estando todos juntos se sentían mejor. Al llegar el mediodía, se oyeron durante unos segundos unas inquietantes y sordas vibraciones. Luego, todo volvió a quedar en silencio. –¿Habéis oído eso? –exclamó Jeppe. Los topos se habían quedado paralizados, mirando con los ojos muy abiertos hacia el techo de la cueva. De repente, Olaf pegó un salto. –¡Salgamos de aquí! –exclamó–. ¡Ya sé lo que pasa! ¡Tenemos que salir inmediatamente a la superficie! ¡Apresuraos antes de que sea demasiado tarde! Dicho esto, se deslizó por la galería que conducía hacia la superficie y los demás topos le siguieron rápidamente. Cuando salieron al exterior, quedaron durante un momento cegados por el claro sol. –¡Vamos, seguidme! –exclamó Olaf–. ¡No os quedéis parados! ¡Corred todo lo que podáis! Los topos corrieron por el prado. Olaf los condujo a una roca cubierta de musgo que había detrás, a orillas del arroyo. Apenas llegaron allí, la tierra empezó a temblar otra vez. Un tronar terriblemente fuerte llenó el aire, y cuando los topos se volvieron para mirar, casi se les paró el corazón. ¡Un potente alud de tierra y lodo se desplomó montaña abajo! Arrastró tras sí piedras, trozos de roca y árboles; las masas de tierra se precipitaron tronando, retumbando y haciéndose pedazos sobre su querido prado. Y no quedó piedra sobre piedra. Era terrible ver aquello. El alud de lodo avanzó a una velocidad cada vez menor, pero no se detuvo hasta llegar muy abajo, donde empezaba el bosque de coníferas. Después, todo quedó en calma. Tillo se echó a llorar. También los otros topos sentían deseos de hacerlo. Todavía seguían sin poder entender lo que había ocurrido allí en los últimos minutos. Del prado no se veía ya nada. En su lugar había un fangoso y desierto campo de ruinas. Olaf fue el primero que recuperó el habla. –Esto era lo que todos presentíamos esta mañana –dijo–. Pero aún seguimos con vida y eso es lo más importante. Está claro que aquí ya no podemos continuar. Buscaremos otro prado, el más hermoso de todos. Tan cierto como que me llamo Olaf.
ERWIN MOSER Las tres pequeñas lechuzas y otras siete historias (Adaptación)
muy buena la lectura
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