Ruidos y gorjeos
Hace siglos, cuando aún no existían los festivales de la canción, se celebraban como hoy festejos musicales. La costumbre de reunirse en un local cerrado para producir ruidos más o menos agradables comenzó a practicarla el género humano en los albores de la civilización. En la Edad de Piedra, sin ir más lejos, se celebró el Primer Festival de los Imitadores de Pájaros. La crónica de este suceso, publicada en la pared de una cueva por un periodista de la época, cuenta que el festival tuvo lugar en el poblado de Glup, que se alzaba en la costa mediterránea muy cerca del lugar que hoy ocupa Benidorm. La crónica sigue contando que al anfiteatro de Glup acudieron representantes de muchos países. Y el maestro de ceremonias, ataviado con piel de gala y garrote de respeto, inauguró el festival con estos versos: Cuando los pájaros cantan se alegra el corazón mío. Otorguemos un gran premio al que imite el pío-pío. Tosca cuarteta, en efecto, pero conmovedora si tenemos en cuenta que la poesía acababa de inventarse el verano anterior. El primero que subió al escenario para actuar fue Monec, representante de una tribu nórdica, viejo y cegato, pero habilísimo imitador de aves. –¡Pío, pío! –comenzó el anciano, torciendo su boca de singular forma para modular su gorjeo. –¡Bravo, bravo! –gritó el auditorio, satisfechísimo–. ¡Más fuerte, que no se oye! Monec hinchó las venas de su cuello y repitió su asombroso gorjeo. Parecía que nadie podría disputarle el primer premio del festival, y una salva de aplausos le acompañó al bajar del escenario. Actuó después Sadko, un corpulento centroeuropeo que había necesitado las pieles de dos osos para cubrir sus enormes desnudeces. –¡Piripipí, parapapá…! ¡Piripipí, parapapá…! –cantó Sadko con voz dulcísima. El público quedó perplejo ante la hermosura de su trino, y tributó al coloso una cálida ovación. ¡Jamás el canto de los pájaros había sido imitado con tanta propiedad! –¡Piripipí, parapapá…! –seguía trinando Sadko, seguro de su triunfo. Pero en aquel momento, cuando nadie creía posible arrebatar el trofeo del festival al gigantón de la garganta privilegiada, la voz de otro participante resonó en el vasto anfiteatro: –¡Melifluo y banal! ¡Así es tu gorjeo, Sadko! Los ojos de todos los presentes se volvieron hacia el osado. Era Galo, miembro de una tribu nómada que pastoreaba en la zona que más tarde sería Francia. –¿Cómo has dicho? –bramó Sadko, enrojeciendo de cólera. –Tu gorjeo es pura farsa –insistió Galo–. No hay pájaros que digan «parapapá». ¡Cuán traidora es la fama! Minutos antes, el público del festival aplaudía frenético a Sadko. Después, las opiniones se dividieron. Por desgracia, unas manchas de humedad borraron en la cueva el resto de la crónica, y nunca podremos saber quién ganó aquel Primer Festival de los Imitadores de Pájaros.
ÁLVARO DE LAIGLESIA Medio muerto y nada más
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