Un dolor fingido (última, volvemos despues de vacaciones)
Durante todo mi primer curso interno en el colegio de Saint Peters no me abandonó la morriña o nostalgia de mi casa. Por eso, a principios del curso tramé un ardid para que me enviaran a casa, aunque tan solo fuera por unos días. Mi idea consistía en simular un ataque fulminante de apendicitis. Cuando llamé a la puerta color castaño, ni siquiera sentía el terror que la celadora solía inspirarme. –¡Adelante! –tronó su voz. Entré agarrándome con las manos la parte derecha del vientre y tambaleándome. –¿Qué te ocurre? –gritó la celadora. –Me duele, señora celadora –gemí–. ¡Me duele muchísimo! ¡Aquí, aquí! –¡Has zampado demasiado! –ladró ella–. Cómo quieres que no te duela si estás todo el santo día comiendo bizcocho con pasas. –Ya hace días que no como –mentí–. ¡No puedo comer, señora celadora! ¡No tengo ganas! –Échate en la cama y bájate los pantalones. Me tendí en la cama y se puso a palparme violentamente la barriga. Yo la observaba con atención y, cuando tocó donde me figuraba que estaba el apéndice, solté un alarido. –¡Ay, ay, aaayyy! –grité–. ¡No, señora celadora, no, ahí no! Me he pasado la mañana devolviendo –gemí–, ¡y ahora ya no me queda nada que devolver, pero me siguen dando arcadas! Acerté de lleno. La vi titubear. –No te muevas de ahí –dijo, y salió a toda prisa. Al cabo de una hora llegó el médico y repitió los mismos tanteos y exploraciones dactilares de mi barriga y yo volví a soltar los alaridos oportunos cada vez que me parecía que tocaba en el sitio pertinente. Luego me puso un termómetro en la boca. –Hum –murmuró–, la temperatura es normal. Vamos a explorar el vientre de nuevo. –¡Aaaaayyyy! –chillé cuando tocó el punto vital. El médico salió con la celadora. Esta volvió media hora después y dijo: –El director ha telefoneado a tu casa y tu madre viene por ti esta tarde. No le contesté. Seguí allí tendido, sin más, procurando aparentar que estaba muy malo, pero el corazón me cantaba en el pecho toda suerte de cánticos prodigiosos de loor y de júbilo. Así pues, me llevaron a casa y tan dichoso me sentía de alejarme de aquel horrendo edificio de la escuela que por poco se me olvida mi papel de supuesto enfermo. Esa tarde me reconoció el doctor Dunbar en su consulta e intenté una vez más los mismos trucos. Pero el doctor Dunbar era mucho más competente y avisado que la celadora y que el médico del colegio. Después de haberme palpado el vientre y haber yo lanzado mis alaridos de rigor, me dijo: –Ahora vístete y siéntate en esa silla. Se sentó él a su vez detrás de su mesa escritorio y clavó en mí una mirada penetrante, aunque no severa ni hostil. –Estás fingiendo, ¿verdad? –dijo. –¿Cómo lo sabe? –espeté. –Porque tienes el vientre blando y perfectamente normal –repuso–. Si hubieras tenido una inflamación ahí abajo, habrías tenido el vientre duro y rígido. Es fácil de averiguar. Guardé silencio. –Supongo que tienes morriña –añadió él. Asentí compungido. –Todo el mundo la siente al principio –dijo–. Debes echarla fuera. –¿Qué va usted a decir a los del colegio? –le pregunté, temblando. –Diré que tenías una infección de vientre grave que yo estoy tratando con píldoras –contestó sonriendo–. 0 sea, que vas a quedarte en casa tres días más. Pero prométeme que no volverás a intentar nunca nada de esto. Ya tiene tu madre bastantes problemas y fatigas para, encima, tener que ir a buscarte al colegio. –Le prometo que nunca lo volveré a hacer –dije.
ROAL DAHL Relatos de la infancia (Adaptación)
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