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Un dolor fingido (última, volvemos despues de vacaciones)

 Durante todo mi primer curso interno en el colegio de Saint Peters no me abandonó la morriña o nostalgia de mi casa. Por eso, a principios del curso tramé un ardid para que me enviaran a casa, aunque tan solo fuera por unos días. Mi idea consistía en simular un ataque fulminante de apendicitis. Cuando llamé a la puerta color castaño, ni siquiera sentía el terror que la celadora solía inspirarme. –¡Adelante! –tronó su voz. Entré agarrándome con las manos la parte derecha del vientre y tambaleándome. –¿Qué te ocurre? –gritó la celadora. –Me duele, señora celadora –gemí–. ¡Me duele muchísimo! ¡Aquí, aquí! –¡Has zampado demasiado! –ladró ella–. Cómo quieres que no te duela si estás todo el santo día comiendo bizcocho con pasas. –Ya hace días que no como –mentí–. ¡No puedo comer, señora celadora! ¡No tengo ganas! –Échate en la cama y bájate los pantalones. Me tendí en la cama y se puso a palparme violentamente la barriga. Yo la observaba con atención y, cuando tocó donde me figuraba qu...

La leyenda de «San Esteban»

 Un 26 de diciembre, festividad de San Esteban, los habitantes de la isla de Houat divisaron un barco que navegaba a la deriva. Sobre el puente de la nave había un hombre con el rostro cubierto por un antifaz rojo. La corriente arrastraba el barco hacia la costa y, sin embargo, el hombre del antifaz no hizo ademán de pedir ayuda. Cuando la nave estaba próxima a los arrecifes, sobrevino una ola gigantesca que cogió de través a la misteriosa nave y la dejó escorada. El hombre del antifaz rojo se mantuvo en su puesto, mientras la carga que había en cubierta desaparecía bajo las aguas. Poco después, el viento cambió de dirección y el barco comenzó a alejarse mar adentro, mostrando la popa a los isleños. Aquellos que tenían buenos ojos pudieron distinguir entonces el nombre del barco grabado en el alcázar: San Esteban. El hombre del antifaz rojo cogió un megáfono y lo apuntó hacia la isla. Por encima del ruido del huracán, del ulular del viento y del fragor de las olas, se oyeron claram...

El código secreto

 ¿Os habéis fijado en que, cuando uno quiere hablar con los compañeros en clase, es muy difícil y os molestan siempre? Claro, podéis hablar con el compañero que está sentado a vuestro lado; pero, aunque tratéis de hablar muy bajo, la maestra os oye y os dice: «Como tiene tantas ganas de hablar, venga al encerado; ¡ya veremos si es igual de charlatán!». También se pueden mandar trozos de papel donde se escribe lo que se tiene ganas de decir; pero también entonces, casi siempre, la maestra ve pasar el papel y hay que llevárselo a su mesa, y como lo que hay escrito es «Rufo es idiota, pásalo» o «Eudes es feo, pásalo», la maestra os deja castigados sin salir. Por eso esta mañana, en el primer recreo, nos pareció formidable la idea de Godofredo: –He inventado un código sensacional –nos dijo Godofredo–. Es un código secreto que solo entenderemos nosotros, los de la pandilla. Y nos lo enseñó. Para cada letra se hace un gesto. Por ejemplo, el dedo en la nariz es la letra ‘a’; el dedo en el...

Una gran hazaña

 Corría el año 1926. Hasta entonces ningún aviador había logrado atravesar con su avión el océano Atlántico en un vuelo sin escalas. El mecenas Osteig había instituido un premio de 25.000 dólares para el primer piloto que consiguiera enlazar América y Europa en un vuelo directo. Mientras pilotaba su pequeño avión correo entre las ciudades estadounidenses de San Luis y Nueva York, el joven Charles Lindbergh maduró la idea de intentar la hazaña: «He de conseguir un avión apropiado y cruzar el Atlántico», pensaba. Lindbergh puso en marcha su plan de acción. Logró que un grupo de hombres de negocios de San Luis le prestasen 10.000 dólares, y con este dinero compró un pequeño avión monoplaza al que bautizó Spirit of Saint Louis (Espíritu de San Luis). Sobre su pequeño aparato monoplano de un solo motor, Lindbergh hizo instalar un gran depósito capaz de contener 2.000 litros de combustible. Este depósito, situado frente al asiento del piloto para mantener la estabilidad de la nave, le im...

Historia de la torre maravillosa

 El sol de la mañana brillaba sobre las torres de Toledo, cuando don Rodrigo, el último rey godo, salió fuera de la ciudad seguido por numerosos cortesanos y caballeros. La comitiva serpenteó por las vueltas del camino hasta divisar una singular torre cilíndrica, de gran altura y magnificencia, construida sobre una enorme roca. Don Rodrigo y sus cortesanos llegaron al pie de la torre, cuya entrada estaba cerrada por una maciza puerta de hierro. El rey se aproximó al portal y ordenó a los viejos guardianes abrir la puerta. Los ancianos retrocedieron espantados. –¡Ay, Majestad! –exclamaron–. ¿Deseáis acaso soltar los duendes de esta torre para que sacudan la Tierra hasta sus cimientos? –Pase lo que pase, estoy resuelto a descubrir el misterio de esta torre. Quitad esos cerrojos. Los ancianos, aterrorizados, obedecieron. Pero antes de que el último cerrojo cediera del todo, recomendaron de nuevo al rey que reflexionara: –Cualquier cosa que esté en la torre es aún inofensiva y yace ata...

El fin del invierno

 En tiempos remotos, siempre era invierno en el país de los indios Wabanaki. Las noches eran gélidas, los días nublados, hacía mucho viento y apenas se veía un rayo de sol. No dejaba de nevar ni un momento y la nieve impedía que los indios pudieran llegar hasta los territorios donde cazaban. El Gran Jefe Gluskap, consciente de que su pueblo moriría si persistía el frío, partió a la búsqueda del rey Invierno o Rey de los Hielos. En lo más recóndito del bosque, Gluskap halló la tienda de Invierno. El Rey de los Hielos vestía un abrigo de escarcha con carámbanos que hacían de flecos. –¡Invierno, canalla! –le gritó–. ¡Aparta tu mano de mi pueblo o yo mismo me encargaré de ti! –Entra en mi tienda y hablaremos de ese asunto –le contestó, soltando una carcajada. Gluskap ocupó el lugar reservado a los huéspedes de honor. Entonces, Invierno le pasó una pipa y empezó a contar relatos. Pero mientras contaba sus maravillosos relatos, sus criados Adormecimiento y Congelación hechizaron a Gluska...

El origen del día y la noche

 En las lejanas y mágicas tierras del Perú, habita la tribu de los chamas. Al igual que otros pueblos primitivos, los chamas tienen antiguas y maravillosas leyendas para explicar los fenómenos de la naturaleza y la razón del universo. Una de esas leyendas explica el origen del día y de la noche. Según los chamas, el dios Habi tuvo dos hijos: Bari, dios del Sol, y Use, diosa de la Luna. Bari era un joven fuerte, de rubios cabellos rizados y piel dorada como la miel. Era alegre y alborotador y poseía una desbordante vitalidad. Siempre andaba inventando travesuras y disfrutaba como un niño haciendo rabiar a su hermana. Por el contrario, Use era una muchacha frágil, lánguida, de una extraordinaria palidez, y bella y delicada como una hermosa rosa blanca. Un caluroso día de verano, la bella Use fue a bañarse a un lago de aguas tranquilas y transparentes. Al atardecer, la diosa blanca se sentó a la orilla del lago y se entretuvo contemplando la divina imagen de su rostro que reflejaban l...